πSer misericordioso puede parecer
que no es un oficio de mucho descanso.
Ya tenemos bastante con soportar nuestras propias miserias
para tener que padecer encima el sufrimiento
de quienes nos encontramos.
Nuestro corazΓ³n❤️ se negarΓa
si hubiese otros medios de alcanzar misericordia.
No nos quejemos, pues, demasiado
si tenemos a menudo lΓ‘grimas en los ojos
al topar en el camino con tanto dolorπͺ.
Por ellas sabemos lo que es la ternura de Dios...
Lo mismo que se necesitan crisoles sΓ³lidos
para contener el metal fundido,
poseΓdo y trabajado por el fuego,
necesita Dios corazones sΓ³lidos
donde puedan cohabitar cΓ³modamente
nuestras siete miserias en pos de curaciΓ³nπ©Ή
y la misericordia eterna ansiosa de redenciΓ³n.
Y si bien nuestro corazΓ³n π suele hastiarse
de tocar desde tan cerca esa masa de miseria,
de la que nunca sabe si es Γ©l mismo o el prΓ³jimo,
por nada del mundo querrΓa cambiar de tarea,
pues encuentra su alegrΓaπ junto a este incansable fuegoπ₯
que prueba indefinidamente la predilecciΓ³n de Dios.
Y nos hemos acostumbrado tanto a esta presencia del fuegoπ₯
que buscamos espontΓ‘neamente
todo lo que le permite arder,
todo lo pequeΓ±o y dΓ©bil,
todo lo que gime y padece,
todo lo que peca y se arrastra y cae,
todo lo que necesita ser curadoπ©Ή.
Y damos en comuniΓ³nπ€ a este fuego que arde en nosotrosπ
a todas esas personas doloridas
que atraemos al encontrarlas
para que Γ©l las toque y las sane.
π΄ππ
πππππ π«ππππππ

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