Involucrados. Orando cada día de Cuaresma.


Lunes primera semana de Cuaresma
Seréis santos… no juraréis ni engañaréis, no explotarás a tu prójimo… no andarás con cuentos ni declararás en falso…
no te vengarás ni guardarás rencor, sino que amarás al prójimo como a ti mismo.

Tú eres salud para mi vida, Señor, me limpias de desamor, me invitas a la justicia me alejas de la venganza y me haces una persona auténtica.
¡Contigo estoy salvado, Padre!

Reflexión
Somos más propensos a cuidar el cuerpo que a cuidar el espíritu. El mercado está repleto de publicaciones, revistas, libros, panfletos… con consejos para mantenernos en forma. Cuidar la «figura» corporal nos moviliza de tal modo que se convierte para muchas personas, en puro culto, al cuerpo.
Existen también hoy unas combinaciones especiales en las que se pretende cultivar a la vez el cuerpo y una dimensión espiritual interior de manera que “nos sintamos bien”, «gocemos de armo-
nía interna y externa”, «vivamos en paz”, etc. Cuando los cristianos hablamos de conversión y de cambio interior apuntamos más allá. La paz y la felicidad no nos vienen de métodos ni de ejercicios externos de respiración o relajación, sino de un trabajo en el «adentro del corazón mismo» entendiendo aquí por corazón esa zona personal donde nos jugamos los sentimientos, los deseos, los antojos, los caprichos, lo bueno y lo malo que nos «pide el cuerpo». Y todo esto porque nos entendemos como respuesta a un Dios amor que nos ha creado y nos quiere plenos y felices, sin enredos que nos paralizan y no nos dejan crecer.
La conversión es una lenta peregrinación hacia uno mismo que nos lleva a ordenar y armonizar nuestra vida y comportamientos poniendo como central la persona y la vida inaugurada por Jesús
de Nazaret.

Oye, Señor…
Dios mío, tú vas acompañando mi historia con personal,
que día a día me van saliendo al encuentro,
Por todas y cada una de esas personas me preguntarás un día:
por la que no saludé, caminando agobiado,
por la que no consolé, cuando estaba estresado,
por la que no acompañé, porque estaba distraído,
por la que no escuché, pues estaba muy lleno de mí,
por la que no acaricié, estando yo esperando una caricia,
por la que no acompañé en su dolor, por estar despistado,
por la que no telefoneé, pues tenía pereza de llamarle,
por la que no hice reír, cuando estaba llorando,
por la que no defendí, porque iba a lo mío,
por la que no amé, esperando ser amado,
por la que no potencié, por ser demasiado orgulloso,
por la que herí, aun sin darme ni cuenta,
por la que no visité, cuando se moría de soledad,
por la que me pasó inadvertida, por pensar en mis cosas…
Envuélvelas a todas en tu amor, Señor, aunque yo falle.

Sugerencias
. Trae a tu oración nombres de personas significativas y preséntalas al Señor.
. Recuerda a personas que te necesitan de tu entorno.
. Adquiere un compromiso social nuevo o haz recuento de la vida que gastas en los demás.

Salmo
El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona
la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los limites del orbe su lenguaje.

Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe, a recorrer su camino.
(Salmo 18)

Pensamientos
1.- Gracias, Señor, por alegrarnos el corazón, por transmitirnos sabiduría vital, por sosegarnos el alma y por equilibrar y armonizar nuestro ser.
2.- Si quieres ser rezador tendrás que hacerte rezador. Comienza buscando un espacio para rezar: un rincón de la casa, el autobús o el coche en el que viajas, el paseo en silencio mientras vas o vienes del trabajo, el silencio de la una iglesia. Necesitamos “obligarnos” a tener un espacio para rezar, al menos mientras somos aprendices y damos los primeros pasos.
Juan Jáuregui

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