Tocados por la Palabra y misioneros como María

Tocados por la Palabra y misioneros como María

Tres aspectos me agradaría entregaros hoy para vivir  junto a María:
1. Descubramos en María la fuerza de la misión y de la catolicidad: María centra su vida en el misterio de Cristo. Escucha a Dios en lo profundo de su corazón y ve cómo en la sencillez de una aldea de Galilea, encontró gracia a los ojos de Dios y comenzó a realizarse en su vida esa profecía que tantas veces hemos escuchado: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tu acechas su calcañar» (Gn 3, 15). Cada día estoy más convencido de que el amor a la Virgen María es la gran fuerza de la Iglesia; a través de Ella conocemos la ternura de Dios, que vino a nosotros para compartir nuestra vida en sus alegrías, esperanzas, fatigas, ocupaciones, ideales, hacernos crecer más y más en la fraternidad de todos los hombres. Cultivad ese gozoso amor a la Virgen María, siempre nos enseña esa manera de estar totalmente disponibles para Dios y así hacerlo para todos los hombres sin excepción. Participar con Ella en ese  sin reservas nos hace tener un corazón sin fronteras, universal, para todos. En María vemos cómo se supera todo en la absoluta disponibilidad a Dios para todos los hombres.
2. Descubramos el poder de la oración junto a María: cada vez que vuelvo a meditar cómo nos presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles a María en oración en el Cenáculo junto a los apóstoles, veo la absoluta confianza que tiene en Dios y su gran misericordia que se desborda sobre nosotros. Descubro el poder de la oración en la que María cree con todas sus fuerzas. Ahí percibo que es esa confianza en el poder de la oración, y la misericordia que experimentamos en ella, la que Ella quiere comunicar a los discípulos que están también allí en oración. En el fondo lo que María nos dice es que nunca nos cansemos de llamar a la puerta de Dios. Quisiera deciros que esta fuerza la descubrimos en la Cruz en esas dos miradas: la de Jesús a su Madre y la de su Madre a Jesús. En una es Jesús quien mira a su Madre y le confía al apóstol: «este es tu hijo»; en Juan estábamos todos nosotros. En la otra, la de María a Jesús; seguro que Ella recordaría la mirada de amor que Dios tuvo sobre ella cuando miró su pequeñez y su humildad y le pidió ser Madre de Dios. Con esas dos miradas nos contempla hoy la Virgen María a todos nosotros.
3. Descubramos en María a la Madre de la Iglesia y de la humanidad: el 21 de noviembre de 1964, el beato Pablo VI la atribuyó el título de Madre de la Iglesia. ¡Qué fuerza envolvente tiene para nosotros saber que Ella, al estar totalmente unida a Cristo, nos pertenece totalmente también a nosotros! Está más cerca de nosotros que cualquier otro ser humano, porque Cristo es un hombre para los hombres y todo su ser «es un ser para nosotros». María nos acompaña en toda nuestra vida como acompañó a Jesús. ¿Os dais cuenta de la hondura que tiene el saber que Dios es recibido por María? ¿Caéis en la cuenta de que el seno de María se convierte en el santuario más hermoso y bello que existe, cubierto por el Espíritu Santo, por la sombra de Dios? Es ahí donde María comienza un camino de acompañamiento a la Vida, sí, a la Vida que es Jesucristo. Acompaña a Jesús que crece, lo acompaña en las dificultades que tiene, en las persecuciones, lo acompaña en la Cruz, lo acompaña en la soledad de esa noche en el que lo torturan, está al pie de la Cruz, acompaña su vida y acompaña su muerte y resurrección. Pero quisiera que os dieseis cuenta de que su trabajo no termina, porque Jesús le encomienda la Iglesia. La que cuidó la Vida desde el principio sigue cuidándonos a nosotros con su amor y con su coraje. Dejemos que nos acompañe.
            Con gran afecto, os bendice,
            +Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid

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